29 de enero de 2010

DE LEPIDOPTERA A GUSANO

Es muy extraño el proceso que lleva a que una lepidoptera se trasforme en gusano. Pero ocurre, bajo la mirada descuidada y cómplice de los buscadores de mariposas.
Se sabe de la fragilidad de sus alas, hechas para volar, que mece lentamente cuando se posa, provistas de largas colas, su atractivo apex, que coloca en llamativas posiciones y de su breve vida.
La delicadeza se centra en su completo, complejo y sensible ser.
Pequeñas, grandes, con colores, verdes, amarillos, azules, naranjas.
De deseosos e impulsivos hábitos matutinos, vespertinos y nocturnos.
Ciertas veces, se producen esas involuciones cuando lo bello, apreciado y apetecido se trasforma en algo desagradable y revulsivo.
Sus alas turgentes, brillantes y coloridas para atraer al macho, mudan en escondidos e indeseables colores y sus escamas comienzan a desteñirse frente a la mirada de él, que también deja de reconocer, la profundidad de sus ojos, provistos de una amplia mirada.
Se toma abruptamente sin función de apareamiento, el abdomen.
Plumosas, prominentes y llamativas antenas, para cortejar y tocar, se alejan del campo de su visión.
Cuando el sabor único, dulce y empalagoso del néctar de las flores, instalado en su aparato bucal, que generó deleitables metáforas, comienza a percibirlo con olores pestilentes.
Y la sutil y aventurera probóscide, comienza a enredarse.
Y son paralizadas, sus finas patas, que fueron testigos de historias y reposaron en impúdicos terrenos.
Los múltiples colores y el vuelo libre, se van desvaneciendo, cuando se adueña el asco.
Cuando fragmentos rosados y húmedos dejan de ser atractivos, entonces, comienza inusitadamente a mutar en ese estado, donde todo el cuerpo se vuelve blando, uniforme y su piel sin matices.
Velozmente se convierte en gusano.
En algunos casos, cumplida su metamorfosis, si no está en el lugar adecuado, se llega a convertir en nido de avispas, siendo consumida, por las larvas.