Las indicaciones iban variando, acorde al momento del día, al lugar donde cada uno se encontraba y a como se editaban arbitrariamente, las secuencias de las horas. Solo se tenía claro, el deseo de encontrarse, el placer al recorrer, la mirada del otro, la necesidad imperiosa de morderle y presionarle los labios y recibir el sonido que ello provocaba, un rebote, acústicamente perfecto, sobre su paladar. Degustar el gemido y quedar a la espera de la invasión de su lengua.
El tiempo o los momentos, no tenían ningún tipo de definición, no se esperaba de los relojes seguridades y el almanaque era solo una estrafalaria rayuela.
La seguridad, era estar de espaldas y sentirlo presente, no verlo y saber que estaba, no buscarlo y escuchar cerca, su andar, sus pies, sus pasos.
La proximidad del calor de su voz sobre su oído, la hacia respirar aliviada. Ese tono tan peculiar, que acurruca y relaja.
Le sentía las manos sobre su espalda, que gestaban la proyección de imágenes compartidas, tan próximas y precisas. Manos inquietas, como sus ideas, movedizas, ingeniosas. Las yemas, entrelazando, conectando, de extremo a extremo cada hueso de su columna y ese deleitable y apetecible susurro del “date vuelta”, que bautizaba la genitalidad.
Podrían haber soñado, recostados, sobre cualquier superficie imaginable e inimaginable, generado algunas olas que erosionaran indescifrables obstáculos, podrían haber caminado, bailado, llorado y proyectado, podrían haberse enamorado.
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